No es
casualidad. Hoy me he vuelto a fijar en él. Creo que he extendido mi café para
verle. Sabía que era su hora de la comida. Iba con sus amigos, como de
costumbre. Ha comido ensalada y una porción de tortilla. Me encanta la
tortilla. Me encanta él. Habla con una soltura admirable. Yo hago como que leo
mi revista, pero no puedo concentrarme más que en mirarle.
Soy
invisible para la mayoría, incluido él. En clase intento no hablar demasiado y
procuro cumplir con lo que las demás personas esperan de mí, pero… ¿y lo que yo
espero de los demás? ¿Alguien se lo ha preguntado alguna vez?
Soy
consciente de que para ganar visibilidad tengo que esforzarme. Esforzarme
mucho. Intentar encontrar temas de conversación u oportunidades que me ayuden a
acercarme a él. Aún no sé cómo voy a lograrlo.
No
tengo demasiadas amigas. No encajo muy bien con la gente. Con Sara sí. Es mi
amiga. Ya le he dicho que me gusta. Que me gusta mucho. Sara me mira sonriente.
La pregunto que por qué está sonriendo tanto. Ella está acostumbrada a
explicarme porque sonríe o porque llora y, además, lo hace muy bien. Me dice
que está ilusionada porque es la primera vez que le digo que me gusta un chico
y se siente contenta por mí. No entiendo mucho que se sienta contenta por mí,
porque a mí no me produce alegría que a ella le guste Eloy… O sí… No sé. Me
confunde esta situación. No controlo lo que pienso ni lo que siento. Sara me
calma, me dice que tengo que acercarme a él. Que intente hablar con él.
Pero,
¿hablar de qué? ¿Qué le digo?... Sara y yo charlamos durante mucho rato y me da
algunos consejos. Me voy a casa. Estoy muy cansada.
Otra
vez alargo mi café. Ahí está. Llevo quince días tardando diez minutos más en
tomarme el café. Hoy me acerco. Está solo. Hoy no están sus amigos. Sé que es
un buen momento. Según me acerco noto como me pongo cada vez más nerviosa, me
sudan las manos. Titubeo un hola y me mira. He dejado de ser invisible. Por un
momento me arrepiento de haber ido hasta allí, pero enseguida recuerdo a mi
amiga Sara diciéndome: “Eva, atrévete, va a salir muy bien, eres un persona maravillosa”. Me sonríe y me
devuelve el saludo. Me he fijado en que ya estaba terminando de comer, así que
allá voy:
-
¿Te apetece tomar un café?
-
Claro, siéntate. Soy Raúl.
-
Yo Eva. Siempre comes con
tus amigos, pero nunca tomas café, ¿por qué hoy sí?
Noto
que he dicho algo malo. Lo sé por esa mirada. Esa mirada a la que ya casi estoy acostumbrada. Ha dejado de sonreír y se nota que me mira diferente. Vuelvo a
ponerme muy nerviosa.
-
¿Cómo sabes que no tomo
café si siempre te vas antes de que termine de comer?
Me
quedo helada. No era invisible, no lo había sido antes tampoco para él. Sabía
que todos los días le miraba hasta que me iba. Siento alegría. Sé que siento
alegría.
Ahora
me atrevo. Me siento valiente. Ahora entiendo lo que Sara me contaba cuando
hablaba de Eloy.
-
Me gustaría mucho tomar café
contigo de lunes a viernes en esta mesa. Pero quiero que sepas que soy Asperger.
No entiendo bien muchas cosas de las que me rodean, a veces no sé qué decir ni
cómo. Pero también soy una persona muy divertida e interesante. Me gustas mucho
y quiero que me enseñes a conocer este mundo que a mí me cuesta tanto
comprender.
Y así empezó
nuestra historia. Desde hace diez años yo ayudo a Raúl a conocer mi mundo y Raúl me ayuda
a conocer el suyo. Y lo más importante, desde hace diez años, juntos, entendemos
lo que es el amor.
Hola! Enhorabuena, me ha encantado el principio, cuando decís lo de: "¿y lo que yo espero de los demás?" Ellos también tienen que exigir sus necesidades, son los primero que deben luchar por conseguirlo. Y por nuestra parte no hacerles sentir pobrecillos. Muchas gracias. Un saludo, Álvaro :-)
ResponderEliminar